La obra que me reconcilió con los museos

Fue paseando, hace casi 20 años, por las islas de la Venecia del Norte, Estocolmo, donde me vi frente al Centro de Arte Contemporáneo o Moderno, ahora no recuerdo con exactitud. Aunque mi intención era callejear entre el arte urbano, me sentí atraída al ver en la entrada una escultura colorista y sencilla, que me impulsó a entrar. Ya en el interior, tuerzo a la derecha para ver un muro por el otro lado y al girar me quedé perpleja ante una obra de unos cuatro metros de ancha y casi tres de alto. A metro y medio de distancia la obra me absorbía, sin articular palabra, tal fue la impresión: LA DANZA de Henry Matisse.

Era tal la energía del color que a través de las formas y el tamaño generaba un dinamismo que atrapaba al observador, adentrándolo a un ritmo vital, ancestral. Un fuerza hipnótica que me abdujo la consciencia, embriagándome de sensaciones primitivas y universales, un estado alterado de conciencia a través de la disposición de los colores. Nada estaba al azar, ni las formas ni los colores. Una obra estudiada profundamente para conseguir esa danza, que une a los pueblos (están en la cúspide de la montaña, por encima de localismos) como una espiral social transformadora. Cada figura, una personalidad, un estado... ¡qué sé yo! 
También me dí cuenta de la importancia del tamaño en algunas piezas, sobre todo en aquellas coloristas.

¿Qué me atrajo de tal manera? como muchos de nosotros, había visitado muchos museos, pues cuando viajaba devoraba todos los que me encontraba, con pocas alegrías, pues la mayoría de las obras originales que buscaba, me desilusionaron, tal debía ser mi idealización de los maestros, que al contemplarlas en directo, saturándome de decepciones que además me restaban tiempo para conocer los pueblos a los que viajaba. Durante casi dos años no visité centro artístico alguno. Decidí no visitarlos durante una buena temporada, por eso en aquel viaje mi pensamiento era vivir el ambiente de la ciudad y el arte de sus calles,integrado elegantemente. Sin embargo esta abstinencia museística acabaría aquel día.
¿Qué ocurrió?... La Danza de Matisse ¿Qué fuerza me atrajo de tal manera? una conjunción de color,  forma y ¡formato! de tal manera que producía un campo energético donde el observador queda sin racionio ni emociones. Embrujo, hechizo, hipnosis... ¡vaya usted a saber! Allí me quedé, a poca distancia, impactada, sin tener conciencia del tiempo siquiera. Recuerdo cómo entré y con quien, sin embargo, ni idea de cómo salí, ignoro incluso qué versión de La Danza ví. 

  
Gracias a La Danza, me reconcilié con la exhibición del arte, preferentemente del siglo XX y del actual, convirtiéndome en asidua de los centros de arte contemporáneo.


pd: Me dí cuenta de la importancia del tamaño en algunas piezas, sobre todo en aquellas coloristas. Para que se manifieste su poder debe tener una superficie adecuada, pues esa obra la había visto en infinidad de sitios en láminas, y nunca me llamó la atención, de ahí mi perplejidad. A partir de entonces he observado que mi personalidad se siente atraída por las obras de gran formato donde el color alcanza al observador, dejándome indiferente ante numerosas obras geniales clásicas, que pueden suscitarme curiosidad y admiración por la técnica de la época, pensamientos incluso emociones, pero no con la profundidad que lo hizo la obra de Matisse y alguna otra joya posterior.